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Cuando Mónica Vallarino comenzó a rescatar huevos de tortuga de los cazadores furtivos en una playa al sur de Acapulco a principios de la década de 1990, el desafío principal era convencer a la gente local de que no debían llevárselos para comer. Pero ahora también se arriesga a enfrentarse a bandas organizadas que se desplazan en cuatrimotos con radios y que pueden sacar armas. Quieren los huevos para venderlos en el mercado negro y tienen vínculos con redes criminales más grandes de la zona.
“He tenido muchas consequencias en mi trayecto de este trabajo”, dice Mónica, de 63 años, en su colorido campamento Amigos del Mar Acapulco, a pocos metros del océano Pacífico en Playa Hermosa. “Pero siempre hay un nuevo amanecer, con nueva luz y nueva energía para seguir adelante”.
México es un lugar clave para las tortugas marinas, y la mayoría de las especies habitan sus playas, incluyendo la tortuga laúd, la tortuga olivácea verde y la tortuga boba, conocida popularmente como caguama. Las comunidades indígenas que viven cerca del mar tienen la tradición de consumir huevos y carne de tortuga. Sin embargo, las leyes para proteger a las tortugas se introdujeron en México en la década de 1960 y se endurecieron en 1981 y 1990. Actualmente, quienes dañan a las tortugas o roban sus huevos se enfrentan a penas de hasta nueve años de prisión.
A pesar de la ley, florece un mercado negro donde se venden carne y huevos de tortuga, impulsado por el mito de que tienen propiedades afrodisíacas o son una especie de Viagra. Los comerciantes de Acapulco y de otros mercados mexicanos los venden bajo el nombre en clave de “limones blancos”. En temporada alta, se venden a tan solo 50 pesos (tres dólares) la docena en las comunidades costeras del Pacífico. Sin embargo, en el famoso mercado de Tepito, en la Ciudad de México, durante la temporada baja, un solo huevo puede alcanzar cientos de pesos, mientras que una tortuga entera puede costar miles.
Los cazadores furtivos no solo roban los huevos que las tortugas ponen en la playa, sino que también los extraen de su carne, considerada un manjar. Además, matan tortugas enteras para obtener su carne y sangre, a menudo golpeándolas hasta la muerte con martillos.
En el campamento de Playa Hermosa, Mónica nos muestra una tortuga con una grave herida en la cabeza que fue rescatada. Dice que unos cazadores furtivos atacaron al animal, pero huyeron…
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